En el desguace de las dudas
terminan abandonadas las certezas,
demasiado velo gris y palabras
inacabadas, frases torcidas,
malinterpretados silencios, intenso
dolor, un todo incrédulo.
¿Dónde la seguridad? ¿Dónde
el error? ¿quiénes los culpables?.
En el callejón de los perdones
una moneda al viento. El tiempo
mata cualquier destino. La suerte
no evita nada y el daño sigue cayendo
como tortura china: gota lenta
insistente, calando el hueso.
¿Duele más la herida o tener
la certeza de quién la inflige?
Nada se aprende salvo que no hay
viaje de regreso. Pero escuchando
Midnightclub 1960, la ausencia es
el juego de la cuerda y el aire
que me trae el recuerdo de tus labios
con sabor a pérdida.
Imagen: Catherine Deneuve por Jerry Schatzberg
lunes, 7 de enero de 2019
sábado, 24 de noviembre de 2018
jueves, 4 de octubre de 2018
Con un cambio de método y una cueva-útero
donde pensar libremente, la mirada se abre.
Arrancar las introducciones de los libros,
que la tinta no entre con sangre, romper normas,
llegar al punto de un renacimiento sin pasado,
sin definidores ni definidos. El momento que nace
con vocación de muerte súbita, vivamos el carpe diem
fugitivo de la línea del tiempo. Y así, la mente cercada
antes por los prejuicios, se expandirá sin límites
porque la vida es aquí y ahora, y no se puede
recuperar jamás el instante perdido.
“Oh, Capitán, mi Capitán!”,
mientras Wanda Jackson nos canta
que hagamos una fiesta esta noche,
con un verso atrevido y liberado
El Club de los Poetas Muertos
ya entiende que los poemas
son circulares
e indefinidos.
domingo, 5 de agosto de 2018
Saberte vertical y poliédrica. Sentir a latigazos
como de repente te eclipsas. Mis párpados
se cierran cansados de buscar un punto de luz
en los acantilados donde el sol cae más tarde
y no hay marea que justifique el amor desmedido
que se muere ahogado en mi boca
ante lo irreparable, lo irreversible que encubre
el tránsito sigiloso y el desconcierto
de una complicidad estéril, de esta muerte lenta
de la piel y su idioma, de este mantra
vuelto pánico que nos deja la lengua bífida
y hojas de trébol cayendo de la mirada
cuando, entre tú y yo, luces y sombras juegan
por los pasillos y se pierden como niños
volviéndonos intangibles, irreales, sabiendo que
“érase una vez…” es lo que queda de nuestro tiempo.
Tu sombra cosida en mi espalda resistiendo el olvido
cuando entro en mi casa-isla que se hunde
y solo el sonido de sueños rotos, sola la afonía,
sola la pena.
Sola.
Imagen: Francesca Woodman
sábado, 28 de julio de 2018
En la finca donde me crié, mi abuela
dirigía el cafetal, me educaba
y me instruía para la vida
«você tem que saber tudo».
Ella era mi madre.
Allí en Minas Gerais.
Mi abuela era sabia aunque no siempre
viera el fango en mis pulmones,
y si lo veía, esconder las garras del lobo
era más importante que contar
la verdad del cuento.
Las historias alma adentro
se guardan como puñales secretos
y sobre ellas se edifica la calma porque
quien dentro lleva manantiales de amor
termina brotándole por todo el cuerpo.
Pero yo la quería y me despierto
recordando su cara, ahora
que llevo un año goteando dolor
por los huesos.
Y ella que se ha vuelto pájaro libre
toca mi frente por las noches
y enciende velas a los ángeles,
se arrodilla y bajito les pide
que cese el mal de su niña, que cese
y yo en medio de la oscuridad
siento su presencia y la reconozco.
He visto médulas fugaces
brillando en el cielo.
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