No son pocos los días que despierto
siendo la loca del ático.
Quisiera incendiar todos los versos
para arrancar después el papel amarillo
de las paredes y su histeria.
Descolgar los cuadros de perros
falderos que se muerden la cola,
hacer del faro mi habitación propia.
Terminar descosiendo de todos
los pechos la letra escarlata
y liberar el segundo y el tercer sexo.
Contar que en
Beloved el dolor
baja por generaciones como corriente
de un río con caudal de fango,
que el sur no existe para mí
como el norte no existe
para un norteño. Sin embargo
busco mis raíces en la Gambia negra.
Entonces aprendiendo a nadar
desde Nueva Orleans al Golfo de México
llega el despertar y me sitúo,
echo a volar poemas de hábito y celda
con el eco de una voz recién nacida
para romper la cerraduras
del ideal miserable de una vida de mansa
disciplina, el
vía crucis del género.